Terapia de pareja en Madrid, una historia de Luisa y Carlos.
Aunque ninguno sabía decir desde cuándo, Luisa y Carlos eran bien conscientes de que su relación había dejado de funcionar. De forma progresiva, la ausencia de comunicación, la indiferencia, el malestar por la diferencia de sus gustos y planteamientos de vida parecían haberles llevado a un punto crítico. El distanciamiento emocional se convirtió en su auténtico compañero de vida. ¿Tenía sentido continuar con esa suerte de cohabitación? Ambos, sin compartirlo, lo tenían en mente. Pero la pena de admitir haber perdido aquella felicidad que una vez disfrutaron y, quizás, una vaga esperanza de que pudiese reactivarse prolongaban la situación.
Terapia de pareja en Madrid, una solución para explorar
En una conversación informal, un amigo y compañero de trabajo de Carlos le preguntó por su relación de pareja. Carlos resopló y dijo: “Uff, la verdad es que no sé si ahora podría llamarse relación. Ahí seguimos, pero no sé ni por qué. Y mira tú… con lo unidos que estábamos”. El compañero enseguida le respondió: “Bueno, ¿y por qué no intentáis algo, quiero decir algo profesional, porque, por lo que yo veo, la familia y los amigos nunca gestionan eso bien, dan consejitos y solo entienden a uno de los dos”. A Carlos ni se le había pasado por la cabeza eso de “un profesional”. ¿Qué profesional era ese?, ¿es que un terapeuta de pareja podía ayudarles? Luisa y él no estaban a la gresca, siempre discutiendo, no tenían “escenas”; ni había terceras personas, que es lo que pasa con la gente que va a la terapia de pareja. Lo que ellos vivían era más bien una existencia anodina; y no tenía nada claro que esto fuese a revertirse. Así que, en ese momento, la propuesta le pareció extraña y ajena a él. Sin embargo, después de unos días, la idea empezó a tener más presencia y cobrar fuerza. Al fin, siempre había considerado muy sensato a este amigo y compañero. Pero no sabía si, cuando se lo comentase a Luisa, esta se iba a quedar igual de sorprendida; o peor: iba a creer que estaba mal de la cabeza; aunque… total, ¿qué podía perder a estas alturas?
Todo esto se lo contaron en la primera consulta a Elena, la psicóloga, cuando les preguntó qué les había traído ahí. Luisa tomó la palabra: “Sí, cuando Carlos me lo dijo yo estaba algo escéptica, la verdad; y, bueno, sigo estándolo. Es lo que él te ha dicho: no es que peleemos, es que a mí me parece que, por lo que sea, quizás por no cuidarlo, y, vamos, que yo la primera, se ha acabado el amor que nos teníamos. Y me temo que eso no tiene marcha atrás, ¿verdad?, aunque ojalá; tú nos dirás.”
La terapeuta les explicó, para su sorpresa, que, en verdad, las parejas que venían por discusiones exacerbadas, e incluso por problemas de comunicación, de infidelidad o por conflictos con la familia de origen eran menos que las que plateaban cuestiones similares a las suyas: desamor, dudas sobre si seguir juntos, vidas en paralelo, desconexión afectiva… continuar porque, total, más costoso era separarse. Todas las parejas van sufriendo —comentó— una erosión en su capacidad de agradarse mutuamente, de estar bien o ser felices juntos, en especial, si se deja de alimentar el afecto mutuo, de atenderse, de fijarse el uno en el otro; si, como parecía su caso, el trabajo, el día a día, el estrés, la monotonía, el dar todo por supuesto habían conducido, progresivamente, a aquella situación. Pero no tenían que sentirse culpables por ello: era algo normal. Y, aunque antes de una evaluación más a fondo resultaba pronto para saberlo, su actitud de querer explorar la posibilidad de mejora y el compromiso de intentarlo eran indicadores de un buen pronóstico. Con todo, les recomendó mucha prudencia: fuese como fuese, necesitaban tiempo para examinar la situación. Ya tendrían tiempo de decidir lo mejor para ambos en el futuro.
Elena les citó para sesiones individuales, en las que les preguntó por sus relaciones con sus familias de origen, sus amigos, sus parejas anteriores, los estresores actuales, y también se interesó por su historia: cómo se conocieron, qué les atrajo del otro, cómo comenzaron a salir, cuándo se comprometieron. Así mismo, quería saber qué sentimientos y qué interpretación hacían de la situación en la que ahora se encontraban. Les invitó a completar algunos tests sencillos, en que se indagaba sobre la situación actual de la pareja. Tras esto, volvieron a tener una cita en común con la psicóloga, en la que les trasladó más pormenorizadamente varios comportamientos que parecían haber tenido que ver con la desvinculación en que habían ido cayendo. Con ejemplos de su vida en común, les hizo identificar patrones de reacciones inadecuadas, y cómo las pasaron por alto, en vez de abordarlas adecuadamente. Igualmente, les ayudó a entender que las diferencias entre ambos no necesariamente tenían que suponer distanciamiento, pues podrían volverse un medio para complementarse, abrir horizontes y enriquecer sus vidas. Les informó de que había que equilibrar el espacio personal con el de la pareja, siempre desde la empatía y el respeto.
Terapia de pareja en Madrid; a veces, es como la luz de un faro
Después de estas explicaciones, continuaron en un proceso de varios meses con sesiones cada quince días. En estas consultas, la psicóloga les preguntaba sobre los sucesos individuales y en pareja que habían vivido. La terapia se volvió un espacio donde podía llegarse a un conocimiento mutuo más profundo de lo que habían imaginado. Tanto Carlos como Luisa se preguntaban: ¿pero con quién he estado viviendo?, ¿por qué no sabía nada de esos pensamientos y sentimientos? Los dos se redescubrieron, y entendieron que ya no estaban frente a la persona que ellos creían, pues, inadvertidamente, habían evolucionado. Pero el indagar juntos, el compartir esa exploración, el pasar por esta inquietud y sentirse apoyados mutuamente tuvo un efecto sorprendente. La atonía desapareció. No estaban aún seguros de si podrían volver a ilusionarse. En cualquier caso, ahora se conocían mucho mejor y se interesaban el uno por el otro. Como personas habían vuelto a resultar interesantes. Elena, la psicóloga, no dejaba de señalar igualmente varios puntos fuertes que ahora veía en la pareja, lo que a ambos sorprendía y agradaba.
Pasaron ocho meses. Aunque exteriormente seguían con una vida similar, en realidad todo había cambiado entre ellos. Ahora su comunicación era auténtica, decidían y resolvían los temas conjuntamente. Las conversaciones eran constructivas. Nunca habían tenido, con nadie, la comprensión emocional y motivacional que ahora sentían. Igual que había surgido insidiosamente, el distanciamiento se desvaneció gradualmente, reemplazado por una conexión profunda. No podían decir que la terapia salvó o recuperó el amor, pero desde luego los había ayudado a crecer como individuos, y, desde su individualidad, sentían que estaban bien juntos, que continuar en común tenía sentido para sus vidas.
La historia de Luisa y Carlos es un recordatorio de que, incluso aunque se pase por momentos de desconcierto, la terapia de pareja puede suponer una solución para explorar. A veces, una terapia es como la luz de un faro en la tempestad, que puede guiar hacia la reconciliación y la renovación. Si tú afrontas dificultades en tu relación, valora dar el mismo paso que ellos.




